Lejos de encontrar unidad y reconciliación, la Fifa es un hervidero que cada día radicaliza más sus posiciones respecto de la figura de su presidente, Gianni Infantino.
En las últimas horas la Uefa, que lidera la oposición junto a la Confederación Asiática (AFC) y la Concacaf, emitió una durísima carta en la que acusa al dirigente de privilegiar sus intereses personales por encima de los del fútbol que representa y, en esa medida, no ser digno de seguir en el cargo.
Uefa y opositores cargan contra Infantino
Entre las acusaciones a Infantino llama la atención la manera como le recalcan que han roto la confianza de buena parte de los dirigentes del fútbol mundial, tras su intento de crear una firma que les daría a empresarios privados (uno de ellos familiar cercano del presidente de Estados Unidos, Donald Trump) la posibilidad de lucrarse del Mundial de la Fifa.
«Cuando la confianza se rompe mediante el engaño, y cuando un individuo se sitúa por encima del colectivo que le otorgó la autoridad, se está abandonando dicho deber», dice la misiva.
Además subraya la inconformidad profunda por la actitud de Infantino de no reconocer las reales motivaciones detrás de su intención de abrir la competencia más importante del planeta a intereses privados, la reunión en al que se habría ofrecido a Marruecos la sede de la final del Mundial 2030 como agradecimiento al apoyo de la Confederación Africana (CAF) en medio del escándalo y el silencio sobre las acusaciones de los últimos días.
Gianni Infantino y Alejandro Domínguez
Foto: EFE/ José Jácome
Este es el texto de la dura carta contra Infantino:
El fútbol es la mayor pasión compartida del mundo. No pertenece a ningún individuo ni a ninguna institución.
Pertenece a los jugadores, a los aficionados, a los clubes, a las asociaciones miembro y a todas las instituciones encargadas de salvaguardar su futuro.
Con ese espíritu, y en calidad de confederaciones que representan a nuestros miembros, nos pronunciamos hoy de manera conjunta.
El crecimiento experimentado en la última década ha sido real. Sin embargo, ese progreso nunca fue obra de una sola persona. Fue fruto del trabajo de la FIFA, las confederaciones, las asociaciones miembro y los miles de personas que dedican su vida a este deporte.
La ampliación de los torneos, la adjudicación de las Copas Mundiales de la FIFA de 2030 y 2034 y la distribución de recursos a las asociaciones fueron logros compartidos: acordados y llevados a cabo en conjunto.
No se trata de dinero. Las confederaciones ya han solicitado una distribución responsable de las enormes reservas actuales de la FIFA para reforzar aún más la inversión en el desarrollo de las asociaciones miembro.
Tampoco se trata de que ninguna asociación miembro pierda el apoyo que se ha ganado, a pesar de los intentos de sembrar el miedo entre nuestros miembros sugiriendo lo contrario. Ni se trata de replantear la ampliación de las competiciones, las sedes de la Copa Mundial o cualquier otra decisión tomada colectivamente. Esas decisiones se adoptaron en común y deben mantenerse.
Se trata de algo más fundamental: la integridad del deporte y la integridad de quienes han sido elegidos para liderarlo.
El liderazgo en el fútbol no es una propiedad. No consiste en ostentar —o exigir— el poder. Es un deber de servicio hacia la familia del fútbol que confía esa responsabilidad.
Cuando la confianza se rompe mediante el engaño, y cuando un individuo se sitúa por encima del colectivo que le otorgó la autoridad, se está abandonando dicho deber.
La reciente carta de la FIFA a sus vicepresidentes y a las 211 asociaciones miembro reconoce que se cometieron errores en el proceso. Presenta la situación como un fallo de comunicación, cuando lo que el fútbol presenció fue un fallo de criterio. Una propuesta presentada con plazos muy ajustados, sin una consulta significativa y forzada para cumplirse antes de que las asociaciones miembro pudieran analizar debidamente sus términos, no es fruto de un descuido: es el resultado de una estrategia diseñada para limitar el escrutinio.
No se reconoció que la propuesta en sí misma era intrínsecamente errónea. Sigue sin reconocerse que intentar vender una participación en la Copa Mundial de la FIFA supuso un grave error de juicio; no solo un fallo de procedimiento, sino una ruptura fundamental de la confianza con las mismas instituciones a las que la FIFA debe servir.
La FIFA también se ha comprometido a presentar un informe completo sobre estos hechos ante el Consejo de la FIFA, sin reconocer una vez más que una gobernanza adecuada, ante tal falta de criterio, exigiría que dicha revisión fuera realizada por un tercero totalmente independiente, y no por la propia FIFA, su personal o cualquier parte interesada del ámbito futbolístico. La administración de la FIFA no debería desempeñar papel alguno en la realización de dicha revisión.
Tal como se indicó en comunicaciones anteriores, todos los documentos y registros pertinentes deben conservarse de conformidad con la comunicación de la UEFA sobre la conservación de documentos.
La propia carta de la FIFA confirma también que solo un dirigente electo estuvo presente en la reunión de la cúpula directiva celebrada en Marruecos. No se invitó a participar a ningún miembro del Consejo de la FIFA ni a las asociaciones miembro. Únicamente estuvo presente el comité de dirección, compuesto por altos cargos empleados por la FIFA.
Esta reciente reunión —en la que se convocó en el extranjero a un número reducido de miembros del comité de dirección de la FIFA (no al comité en pleno), en lugar de que la cúpula directiva acudiera a Zúrich para dirigirse al corazón de la organización y a su personal— no hace sino reforzar estas preocupaciones y representa la continuación del mismo patrón de conducta que nos ha llevado a esta situación. No es la conducta propia de un custodio del deporte, sino la de quien cree que el deporte le debe rendir cuentas a él.
Reina el silencio donde debería haber rendición de cuentas, y el distanciamiento donde debería haber transparencia.
Estas no son las cualidades que el fútbol merece en sus dirigentes. Por eso hemos adoptado esta postura: no a la ligera ni en solitario, sino unidos y por deber hacia el deporte al que servimos.
La fortaleza del fútbol siempre ha residido en su unidad. Exigimos que se honre esa unidad ahora, y que se ejerza un liderazgo que sirva al fútbol en lugar de pretender imponerse sobre él.

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